El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo De este modo, los días que siguieron fueron para los dos infortunados, si no días felices, sí, al menos, días que pasaban con bastante celeridad. Faria, que a lo largo de tantos años había guardado silencio sobre el tesoro, hablaba ahora de él sin parar. Como había previsto, se había quedado paralizado del brazo derecho y de la pierna izquierda, y poco más o menos había perdido cualquier esperanza de disfrutar ese tesoro él mismo; pero seguía soñando para su joven compañero con una liberación o una fuga, y disfrutaba por él. Por temor a que la carta un día se extraviara o se perdiera, había obligado a Dantès a aprenderla de memoria, y Dantès la sabía desde la primera palabra a la última. Entonces, había destruido la segunda parte, seguro de que podrían encontrar o arrebatar la primera parte sin lograr adivinar su verdadero sentido. Algunas veces, Faria se pasaba horas enteras dando instrucciones a Dantès, instrucciones que debían serle útiles en el día de su libertad. Entonces, una vez libre, en el día, en la hora, en el momento en el que fuera libre, sólo debía tener un único pensamiento: llegar a Montecristo por el medio que fuera, quedarse allí solo, bajo cualquier pretexto que no levantara sospechas, y una vez allí, una vez solo, tratar de encontrar las maravillosas grutas y excavar en el lugar indicado. El lugar indicado, recordamos, era la parte más alejada de la segunda abertura.