El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Dantès dejó un tiempo para que el aire exterior entrara a reavivar esa atmósfera muerta, y entró.
A la izquierda de la boca había un rincón profundo y sombrío.
Pero, ya lo hemos dicho, para los ojos de Dantès no había tinieblas.
Sondeó con la mirada la segunda gruta: estaba tan vacía como la primera.
El tesoro, si existía, debía estar enterrado en el rincón oscuro.
Había llegado la hora de la angustia; dos pies de tierra por levantar eran todo lo que separaba a Dantès de la suprema alegría o la suprema desesperación.
Fue hacia el rincón y, como presa de una súbita resolución, empezó a cavar con fuerza.
Al quinto o sexto golpe de piqueta, el hierro golpeó sobre hierro.
Jamás ningún redoble de campanas fúnebre, jamás tañido estremecedor produjo efecto igual a este. Aunque Dantès no hubiera encontrado nada, no hubiera palidecido tanto.
Golpeó al lado, y encontró la misma resistencia, pero no el mismo sonido.
«Es un cofre de madera, con hierro alrededor», recordó.
En ese momento, una rápida sombra pasó interceptando la luz.