El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Dantès dejó caer la piqueta, cogió el fusil, salió por la abertura y subió arriba.

Una cabra salvaje había saltado por encima de la primera entrada de la gruta, y pastaba cerca de allí.

Era una buena ocasión de asegurarse la cena, pero Dantès temió que la detonación del fusil atrajese a alguien.

Reflexionó un instante, cortó un árbol resinoso, fue a encenderlo en el fuego, todavía humeante, en el que los contrabandistas habían preparado la comida, y volvió con esa antorcha.

No quería perderse ningún detalle de lo que iba a ver.

Acercó la antorcha al informe e inacabado agujero, y reconoció que no se había equivocado: había dado alternativamente sobre hierro y madera.

Incrustó la antorcha en la tierra y se puso de nuevo a la tarea.

En un instante desescombró un espacio de unos tres pies de largo por dos pies de ancho, y Dantès descubrió un cofre de madera de encina, con las esquinas de hierro cincelado. En medio de la tapa del cofre brillaban, sobre una placa de plata que la tierra no había conseguido empañar, las armas de la familia Spada, es decir, una espada en palo sobre escudo oval, como son los escudos italianos, coronado por un capelo cardenalicio.


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