El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Dantès lo reconoció con facilidad: ¡el abate Faria se lo había dibujado tantas veces!
Desde ese momento, ya no había duda, el tesoro estaba ahí; no se hubieran tomado tantas precauciones para volver a colocar y cerrar un cofre vacío.
En un instante, despejó todo lo que había alrededor del cofre, y Dantès vio aparecer la cerradura del centro, colocada entre dos candados, y las asas de los laterales; todo ello cincelado como se cincelaba en aquella época, en la que el arte convertía en precioso al más vil metal.
Dantès cogió el cofre por las asas e intentó levantarlo: era imposible.
Dantès intentó abrirlo: la cerradura y los candados estaban cerrados; era como si los fieles guardianes no quisieran entregar su tesoro.
Dantès introdujo el filo más cortante de la piqueta entre el cofre y la tapa, apoyó firmemente el mango de la herramienta, y la tapa, después de crujir, estalló. Una amplia abertura en la madera inutilizó los herrajes, cayeron también aplastando aún con sus tenaces uñas las planchas melladas por la caída, y el cofre se abrió.