El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Necesitaba volver a ver su oro y, sin embargo, sentía que no tendría fuerzas, en ese momento, para sostener en el oro su mirada. Por un instante, se cogió la cabeza entre las manos, como para impedir que su razón le abandonara; después, corrió a través de la isla, sin seguir, no ya un camino, pues no los hay en la isla de Montecristo, sino ni siquiera una línea determinada, haciendo huir a las cabras salvajes y asustando a las aves de mar con sus gritos y sus gesticulaciones. Después, dando un rodeo, volvió, dudando aún, precipitándose desde la primera gruta a la segunda, y encontrándose cara a cara con esa mina de oro y de diamantes.
Esta vez, cayó de rodillas, comprimiendo con sus convulsas manos su corazón galopante y murmurando una plegaria, inteligible sólo para Dios.
Enseguida se sintió más calmado y de ahí más dichoso, pues sólo ahora empezaba a creer en su felicidad.