El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El desconocido
Amaneció. Dantès esperaba el amanecer desde hacía tiempo con los ojos abiertos. Con los primeros rayos de luz, se levantó, subió, como la víspera, a la roca más elevada de la isla, a fin de explorar los alrededores; como en la víspera, todo estaba desierto.
Edmond bajó, levantó la piedra, se llenó los bolsillos de piedras preciosas, volvió a colocar lo mejor que pudo las planchas y los herrajes del cofre, lo recubrió de tierra, la aplastó bien con los pies, echó arena por encima a fin de que esa parte removida no se diferenciara del resto del suelo; salió de la gruta, volvió a colocar la losa, amontonó sobre ella piedras de diferente grosor; recubrió de tierra los intersticios, plantó en ellos mirtos y brezos, regó esas nuevas plantaciones para que se asemejasen a las antiguas; borró la huella de las pisadas que había por todo alrededor, y esperó con impaciencia el regreso de sus compañeros. En efecto, no se trataba ya de pasar el tiempo contemplando el oro y los diamantes ni de quedarse en la isla como un dragón vigilando inútiles tesoros. Ahora había que volver a la vida, entre los hombres, y tomar en la sociedad el rango, la influencia y el poder que da en este mundo la riqueza, la primera y la mayor de las fuerzas de las que puede disponer el ser humano.