El Conde de Montecristo

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Capítulo XXV

El desconocido

Amaneció. Dantès esperaba el amanecer desde hacía tiempo con los ojos abiertos. Con los primeros rayos de luz, se levantó, subió, como la víspera, a la roca más elevada de la isla, a fin de explorar los alrededores; como en la víspera, todo estaba desierto.

Edmond bajó, levantó la piedra, se llenó los bolsillos de piedras preciosas, volvió a colocar lo mejor que pudo las planchas y los herrajes del cofre, lo recubrió de tierra, la aplastó bien con los pies, echó arena por encima a fin de que esa parte removida no se diferenciara del resto del suelo; salió de la gruta, volvió a colocar la losa, amontonó sobre ella piedras de diferente grosor; recubrió de tierra los intersticios, plantó en ellos mirtos y brezos, regó esas nuevas plantaciones para que se asemejasen a las antiguas; borró la huella de las pisadas que había por todo alrededor, y esperó con impaciencia el regreso de sus compañeros. En efecto, no se trataba ya de pasar el tiempo contemplando el oro y los diamantes ni de quedarse en la isla como un dragón vigilando inútiles tesoros. Ahora había que volver a la vida, entre los hombres, y tomar en la sociedad el rango, la influencia y el poder que da en este mundo la riqueza, la primera y la mayor de las fuerzas de las que puede disponer el ser humano.


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