El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo En Livorno fue a casa de un judÃo y vendió cuatro de los diamantes más pequeños que llevaba, a cinco mil francos cada uno. El judÃo podÃa haberse cuestionado cómo un marinero se hallaba en posesión de tales objetos; pero bien que se abstuvo de indagarlo, pues ganaba en el negocio mil francos en cada piedra.
Al dÃa siguiente, Dantès compró una barca completamente nueva que dio a Jacopo, añadiendo a este regalo cien piastras, para que pudiera hacerse con una tripulación; y todo ello a condición de que Jacopo se dirigiera a Marsella y le trajera noticias de un anciano llamado Louis Dantès y que vivÃa en las Allées de Meilhan y de una joven que vivÃa en el pueblo de Les Catalans y que se llamaba Mercedes.
Ahora le tocaba a Jacopo pensar que estaba soñando; Edmond le contó entonces que se habÃa hecho marinero por rebeldÃa y porque su familia le negaba el dinero necesario para su mantenimiento; pero que al llegar a Livorno habÃa recibido la herencia de un tÃo que le habÃa hecho su único heredero. La distinguida educación de Dantès daba a este relato tal verosimilitud que Jacopo no dudó ni un solo instante de que su antiguo compañero decÃa la verdad.