El Conde de Montecristo

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Por otra parte, como el compromiso de Edmond a bordo de la Jeune-Amélie había expirado, se despidió del patrón, que en principio trató de retenerle, pero que, al conocer como Jacopo la historia de la herencia, renunció a la esperanza de convencer a su antiguo marinero.

Al día siguiente, Jacopo puso rumbo a Marsella; se encontraría con Edmond en Montecristo.

Ese mismo día, Dantès partió sin decir adónde iba, despidiéndose de la tripulación de la Jeune-Amélie regalándole una espléndida gratificación, y del patrón con la promesa de que cualquier día recibiría noticias suyas.

Dantès se fue a Génova.

En el momento de su llegada, se estaba probando un pequeño yate pilotado por un inglés que, habiendo oído decir que los genoveses eran los mejores constructores del Mediterráneo, quería tener un barco construido en Génova. El inglés iba a pagar cuarenta mil francos: Dantès ofreció sesenta mil a condición de que le entregaran el navío ese mismo día. El inglés se había ido a dar una vuelta por Suiza, mientras terminaban su barco, y debía volver en tres semanas o un mes; el constructor pensó que tendría tiempo de tener otro barco en los astilleros; Dantès llevó al constructor a casa de un judío, pasó con él a la trastienda y el judío entregó sesenta mil francos al constructor.


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