El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Este ofreció sus servicios a Dantès para buscarle una tripulación; pero Dantès le dio las gracias diciendo que tenía la costumbre de navegar solo, y que lo único que deseaba era que le construyera en la cabina, en la cabecera de la cama, un armario secreto, en el que le hiciera tres compartimentos también secretos. Le dio las medidas de los compartimentos, que fueron hechos al día siguiente.

Dos horas después, Dantès zarpaba del puerto de Génova, escoltado por las miradas de un montón de curiosos que querían ver al señor español que tenía la costumbre de navegar solo.

Dantès se las arregló de maravilla; con la ayuda del timón, y sin tener necesidad de soltarlo, consiguió que el yate llevara a cabo todas las maniobras necesarias; se diría de un ser inteligente, dispuesto a obedecer al menor impulso que se le diera, y Dantès convino en que los genoveses merecían la fama de ser los mejores constructores de barcos del mundo.

Los curiosos siguieron con la mirada al pequeño navío hasta que lo perdieron de vista, y entonces se iniciaron las discusiones para saber adónde iba: unos se inclinaron por Córcega, otros, por la isla de Elba; aquellos apostaron por España, y estos sostuvieron que se dirigía a África; nadie pensó en nombrar la isla de Montecristo.


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