El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Sin embargo, era a Montecristo adonde se dirigÃa Dantès.
Llegó hacia el final del segundo dÃa: el navÃo era un excelente velero y habÃa recorrido la distancia en treinta y cinco horas. Dantès habÃa reconocido el fondeadero de la costa y, en lugar de dirigirse al puerto habitual, fondeó en la pequeña caleta.
La isla estaba desierta; no parecÃa que alguien la hubiese abordado desde que Dantès partió; fue a buscar su tesoro: todo estaba en el mismo estado en el que lo habÃa dejado.
Al dÃa siguiente, trasladó toda su fortuna al yate y la guardó en los tres compartimentos del armario secreto.
Dantès esperó ocho dÃas más. Mientras tanto hizo maniobrar el yate alrededor de la isla, estudiándolo como un escudero estudia a un caballo; al cabo de ese tiempo, conocÃa todas las cualidades y todos los defectos del yate. Dantès se prometió aumentar aquellas y remediar estos.
Al octavo dÃa, Dantès vio una pequeña embarcación que venÃa hacia la isla con todas las velas desplegadas y reconoció la barca de Jacopo; le hizo una señal a la que Jacopo respondió y dos horas después la barca estaba junto al yate.
Jacopo tenÃa dos tristes respuestas que dar a los encargos de Edmond.