El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El anciano Dantès había muerto.
Mercedes había desaparecido.
Edmond escuchó ambas noticias con el rostro tranquilo; pero en cuanto bajó a tierra, prohibió que le siguiesen.
Dos horas después, volvió; dos hombres de la barca de Jacopo pasaron al yate para ayudar en la maniobra y Dantès dio la orden de poner rumbo a Marsella. Ya había previsto la muerte de su padre; pero Mercedes, ¿qué había sido de ella?
Sin divulgar su secreto Edmond no podía dar suficientes instrucciones a ningún agente; además, quería informarse también de otras cosas y para ello era preciso que lo hiciese él mismo. El espejo en Livorno ya le había demostrado que no corría ningún peligro de ser reconocido; además, ahora tenía a su disposición todos los medios para disfrazarse. Así pues, una mañana, el yate, seguido de la pequeña barca, entró valientemente al puerto de Marsella y fondeó justo enfrente del lugar en el que, aquella fatal noche, Edmond fue embarcado hacia el castillo de If.