El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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En el bote, no sin cierto estremecimiento, Dantès vio venir hacia él a un gendarme. Pero Dantès, con esa perfecta seguridad en sí mismo que había adquirido, le presentó un pasaporte inglés que había comprado en Livorno; y con ese laissez-passer extranjero, mucho más respetado en Francia que el propio del país, bajó sin dificultades a tierra.

Lo primero que vio Dantès, al poner pie en La Canebière, fue a uno de los marineros del Pharaon. Ese hombre había servido bajo sus órdenes, y el verle allí, le sirvió para garantizar a Dantès los cambios operados en él: se fue derecho hacia ese hombre y le hizo varias preguntas a las que este respondió, sin ni siquiera sospechar ni por sus palabras, ni por su fisonomía, que alguna vez hubiera visto a quien le dirigía la palabra.

Dantès dio al marinero una moneda para agradecerle sus informaciones; un instante después, oyó al buen hombre que corría tras él.

Dantès se dio la vuelta.

—Perdón, señor —dijo el marinero—, pues sin duda se ha equivocado usted; tal vez creyó darme una moneda de cuarenta sous y me ha dado un doble napoleón.

—En efecto, amigo mío —dijo Dantès—, me había equivocado; pero como su honradez merece una recompensa, aquí tiene otro doble napoleón, que le ruego que acepte para beber a mi salud con sus compañeros.


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