El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El marinero miró a Edmond con tanto asombro que ni siquiera se le ocurrió darle las gracias, y murmuró mientras se alejaba:

—Este es algún nabab que llega de la India.

Dantès continuó su camino; cada paso que daba le oprimía el corazón con una nueva emoción: todos los recuerdos de su infancia, recuerdos indelebles, eternamente presentes en el pensamiento, estaban ahí, erigiéndose en cada rincón de la plaza, en cada esquina de la calle, en cada cruce de caminos. Al llegar al final de la calle de Noailles, y al ver las Allées de Meilhan, sintió que le flaqueaban las rodillas y a punto estuvo de caerse bajo las ruedas de un coche. Finalmente, llegó a la casa en la que había vivido su padre. Las aristoloquias y las capuchinas habían desaparecido de la buhardilla, donde antaño la mano del buen hombre las hacía crecer con tanto cuidado.







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