El Conde de Montecristo

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Se apoyó contra un árbol, y se quedó unos momentos pensativo mirando los últimos pisos de esa pobre casa; finalmente se dirigió hacia la puerta, franqueó el umbral, preguntó si había alguna vivienda vacía y, aunque estaba ocupada, insistió tanto en visitar la del quinto que la portera subió y pidió permiso, de parte de un desconocido, a las personas que la habitaban, para ver las dos habitaciones de las que constaba. Las personas que vivían en ese pequeño apartamento eran un muchacho y su joven esposa que acababan de casarse hacía ocho días solamente.

Al ver a los dos jóvenes, Dantès suspiró profundamente.

Por lo demás, nada recordaba ya a Dantès el apartamento de su padre: ya no tenía el mismo papel en las paredes; todos los viejos muebles, esos amigos de la infancia de Edmond, presentes en sus recuerdos con todos los detalles, habían desaparecido. Sólo quedaban las paredes.

Dantès se dirigió al lado de la cama, estaba en el mismo sitio que la de su antiguo inquilino; muy a su pesar, los ojos de Edmond se le llenaron de lágrimas: en ese mismo lugar, su anciano padre debió expirar llamando a su hijo.


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