El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El mismo día, los jóvenes del quinto piso recibieron el aviso del notario que había hecho el contrato, de que el nuevo propietario les daba a elegir cualquier otro apartamento de la casa sin aumentarles de ninguna manera el alquiler, a condición de que le cediesen las dos habitaciones que ocupaban.
Este extraño suceso ocupó durante más de ocho días a todos los vecinos de las Allées de Meilhan, y fue objeto de miles de conjeturas de las cuales ninguna era la acertada.
Pero lo que sobre todo turbó todos los espíritus y confundió todas las mentes fue que aquella misma tarde se vio al mismo hombre de la casa de las Allées de Meilhan pasearse por el pequeño pueblo de Les Catalans, y entrar en una pobre cabaña de pescadores donde se quedó más de una hora preguntando por varias personas que habían muerto o que habían desaparecido de allí desde hacía más de quince o dieciséis años.
Al día siguiente, las personas a las que había hecho todas esas preguntas, entrando en su casa, recibieron como regalo una barca catalana completamente nueva, provista de dos traínas y de una red barredera.
A esta buena gente le hubiese gustado dar las gracias al generoso interrogador; pero, al dejarles, le vieron montar a caballo y salir de Marsella por la puerta de Aix, después de haber dado algunas órdenes a un marino.