El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Cuando bajaba la escalera de la casa de Gaumard, el señor Morrel se encontró con Penelon, que la subía. Penelon, por lo que parecía, había hecho buen uso de su dinero, pues iba vestido con ropa toda nueva. Al ver a su armador, el digno timonel pareció muy confundido; se colocó en el rincón más oscuro del descansillo de la escalera, pasó alternativamente su mascada de tabaco de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, moviendo sus asustados ojos, y no respondió sino con una tímida presión al apretón de manos que le ofreció con su cordialidad habitual el señor Morrel. El señor Morrel atribuyó la confusión de Penelon a la elegancia de su vestuario: era evidente que el buen hombre no se había vestido así por su cuenta; estaría, pues, sin duda, alistado a bordo de algún otro barco, y su vergüenza le venía de que, por decirlo así, no había llevado durante mucho tiempo luto por el Pharaon. Quizá incluso venía a contar al capitán Gaumard su buena suerte y las ofertas de su nuevo amo.
«Buena gente», se dijo Morrel al alejarse, «¡ojalá vuestro nuevo amo os estime como yo os estimaba, y pueda ser más dichoso de lo que yo soy!».