El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Pasó agosto en las tentativas sin cesar renovadas por Morrel de cubrir su antiguo crédito o de abrirse uno nuevo. El 20 de agosto se supo en Marsella que había tomado la diligencia, y se dijo entonces que para fin de mes se declararía en quiebra, y que Morrel se había ido para no asistir a ese acto cruel, delegado sin duda en su primer comercial Emmanuel y en su cajero Coclès. Pero contra todas previsiones, cuando el 31 de agosto llegó, la caja se abrió como de costumbre. Coclès apareció detrás de las rejas, tranquilo como el justo Horacio, examinó con la misma atención los recibos que se le presentaban, y desde la primera a la última pagó todas las letras de cambio con la misma exactitud. Llegaron incluso dos reembolsos que había previsto el señor Morrel y que Coclès pagó con la misma puntualidad que las órdenes de pago que eran personales del armador. Nadie comprendía nada y, con la tenacidad propia de los agoreros, remitían la quiebra para finales de septiembre.