El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Así era el joven al que su madre y su hermana llamaban en su ayuda como apoyo en las graves circunstancias en las que veían que se iban a encontrar.
No se equivocaban sobre la gravedad del asunto, pues un instante después de que el señor Morrel se encerrase en su despacho con Coclès, Julie vio salir a este último, pálido, tembloroso y con el rostro demudado.
Julie quiso preguntarle cuando pasaba junto a ella, pero el buen hombre continuó bajando la escalera con una precipitación que no era habitual en él, y se contentó con exclamar alzando los brazos al cielo:
—¡Oh, señorita! ¡Señorita! ¡Qué desgracia tan espantosa! ¡Quién lo hubiera creído!
Un instante después, Julie le vio subir de nuevo llevando dos o tres gruesos libros de registro, un portafolios y una bolsa con dinero.
Morrel consultó los registros, abrió el portafolios, contó el dinero.
Todos sus recursos ascendían a seis u ocho mil francos, sus entradas hasta el día 5 eran de cuatro o cinco mil; lo que suponía, valorando por lo alto, un activo de catorce mil francos para hacer frente a un pasivo de doscientos noventa y siete mil quinientos francos. Así no había modo de ofrecer una garantía.