El Conde de Montecristo

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Sin embargo, cuando Morrel bajó a cenar, parecía más tranquilo. Esa calma asustó más a las dos mujeres que si le hubieran visto en el más profundo abatimiento.

Después de cenar Morrel tenía costumbre de salir; iba a tomarse un café al círculo de los Phocéens y a leer el Sémaphore: aquel día no salió y volvió a subir a su despacho.

En cuanto a Coclès, parecía completamente anonadado. Durante una buena parte del día permaneció en el patio, sentado sobre una piedra, con la cabeza descubierta, bajo un sol de treinta grados.

Emmanuel intentaba tranquilizar a las mujeres, pero era poco elocuente. El joven estaba demasiado al corriente de los asuntos de la casa como para no ver que una gran catástrofe se cernía sobre la familia Morrel.

Llegó la noche; las dos mujeres estaban despiertas con la esperanza de que al bajar Morrel de su despacho entrara a verlas; pero le oyeron pasar por delante de la puerta, aligerando el paso, sin duda por temor a que le llamaran.

Prestaron atención, pero Morrel entró en su habitación y cerró la puerta por dentro.


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