El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La señora Morrel mandó a su hija a acostarse; en seguida, una media hora después de que Julie se hubiera retirado, la señora Morrel se levantó, se quitó los zapatos y se deslizó por el corredor para ver por la cerradura lo que hacía su marido.
En el corredor vio una sombra que se retiraba: era su hija que, inquieta también, había precedido a su madre.
La joven vino junto a su madre.
—Está escribiendo —dijo.
Las dos mujeres se adivinaban el pensamiento sin hablar.
La madre se inclinó a la altura de la cerradura. En efecto, su marido escribía; pero lo que no había observado la hija, ella lo observó, y es que su marido escribía en un papel sellado.
Le vino la terrible idea de que su marido estaba haciendo testamento; se sobresaltó y, sin embargo, tuvo la fortaleza de no decir nada.
Al día siguiente el señor Morrel parecía totalmente tranquilo; estuvo en su despacho como de costumbre, bajó a comer como siempre, lo único fue que después de cenar dijo a su hija que se sentara junto a él, atrajo hacia él a la joven para que apoyara la cabeza en su regazo. Así estuvieron un largo rato.