El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Por la tarde, Julie dijo a su madre que, aunque tranquilo en apariencia, había notado que el corazón de su padre latía con demasiada violencia.

Los dos días siguientes fueron más o menos iguales. El 4 de septiembre por la noche, el señor Morrel reclamó a su hija la llave del despacho.

Julie se sobresaltó ante esta petición, que le pareció siniestra. ¿Por qué su padre le reclamaba ahora la llave que ella siempre había tenido, y que sólo le pedía en su infancia para castigarla?

La joven miró a su padre.

—¿Qué he hecho de malo, padre, para que me pida la llave?

—Nada, hija mía —respondió el desgraciado Morrel, saltándole las lágrimas de los ojos ante esa simple pregunta—; nada, sólo que la necesito.

Julie simuló buscar la llave.

—Me la habré dejado en mi habitación —dijo.

Y salió; pero en lugar de ir a su habitación, bajó y corrió a consultar a Emmanuel.

—No devuelva esa llave a su padre —le dijo—, y mañana por la mañana, si es posible, no le deje solo.

Julie siguió haciendo preguntas a Emmanuel, pero este no sabía nada más, o no quería decir nada más.


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