El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Durante toda la noche del 4 al 5 de septiembre, la señora Morrel no dejó de tener el oÃdo pegado a la pared. Hasta las tres de la mañana oyó a su marido andar con agitación en su habitación.
Hasta las tres de la mañana, no se metió en la cama.
Las dos mujeres pasaron la noche juntas. Desde la vÃspera por la tarde esperaban a Maximilien.
A las ocho, el señor Morrel entró en su habitación. Estaba tranquilo, pero la agitación de la noche hacÃa mella en su rostro pálido y deshecho.
Las mujeres no se atrevieron a preguntarle si habÃa dormido bien.
Morrel estuvo mejor con su mujer de lo que habÃa estado nunca y más paternal que nunca, también, con su hija; no se cansaba de mirar y abrazar a la pobre criatura.
Julie recordó la recomendación de Emmanuel y quiso seguir a su padre cuando este salió; pero, echándola hacia atrás con dulzura:
—Quédate con tu madre —le dijo.
Julie insistió.
—¡Te lo ordeno! —dijo Morrel.
Era la primera vez que Morrel decÃa a su hija «te lo ordeno», pero lo decÃa con un tono impregnado de una tan paternal dulzura que Julie no se atrevió a dar un paso hacia adelante.