El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Oh! SÃ, sà —dijo—, te bendigo en mi nombre y en nombre de tres generaciones de hombres irreprochables, escucha, pues, lo que dicen a través de mi voz: «el edificio que la desgracia destruye, la Providencia puede volver a construirlo». Al verme morir de una muerte asÃ, los más inexorables tendrán piedad de ti; a ti tal vez te den el tiempo que a mà me negaron; entonces, trata de que la palabra infame no se pronuncie; ponte manos a la obra, trabaja, joven, y lucha ardientemente y con valor: vive, tú, tu madre y tu hermana con lo estrictamente necesario a fin de que, dÃa a dÃa, el bien de aquellos a los que debo se aumente y fructifique entre tus manos. Piensa que será un dÃa hermoso, un gran dÃa, un dÃa solemne el de la rehabilitación, el dÃa en el que, en este mismo despacho, digas: «Mi padre murió porque no podÃa hacer lo que hago yo hoy; pero murió tranquilo y en calma porque sabÃa, al morir, que yo lo harÃa».
—¡Oh! ¡Padre!, ¡padre! —exclamó el joven—. ¡Si a pesar de todo pudiese usted vivir!