El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Si vivo, todo cambia; si vivo, el interés se cambia en duda, la piedad en escarnio; si vivo, no soy más que un hombre que faltó a su palabra, que no cumplió con sus compromisos, no seré más que un hombre arruinado. Si, por el contrario, muero, piensa en ello, Maximilien. Mi cadáver no será más que el de un desgraciado hombre honrado. Ahora que vivo, mis mejores amigos evitan mi casa; muerto, Marsella entera me acompañará llorando hasta mi última morada; vivo, sientes vergüenza de mi nombre; muerto, levantas la cabeza y dices: «Soy hijo de quien se mató porque, por primera vez, se vio forzado a faltar a su palabra».

El joven dio un gemido, pero pareció resignado. Era la segunda vez que la convicción volvía, no al corazón, sino a la mente.

—Y ahora —dijo Morrel—, déjame solo y trata de alejar de aquí a las mujeres.

—¿No quiere usted ver una vez más a mi hermana? —preguntó Maximilien.

Una última y muda esperanza se escondía en la pregunta del joven, por eso se la proponía. El señor Morrel movió la cabeza.

—La he visto esta mañana —dijo—, y ya me despedí de ella.

—¿No tiene usted que hacerme alguna recomendación especial, padre? —preguntó Maximilien con voz alterada.


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