El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, sÃ, hijo mÃo, una recomendación sagrada.
—Diga, padre.
—La casa Thomson y French es la única que, por humanidad o tal vez por egoÃsmo, pero no soy yo quien tenga que leer en el corazón de los hombres, Thomson y French fue la única que tuvo piedad por mÃ. Su mandatario, ese que dentro de diez minutos se presentará para cobrar la suma de un pagaré de doscientos ochenta y siete mil quinientos francos, y que yo no dirÃa que me concedió, sino que se ofreció a darme el plazo de tres meses. Que esta casa sea la primera en ser rembolsada, hijo mÃo, que ese hombre sea para ti sagrado.
—SÃ, padre —dijo Maximilien.
—Y ahora, de nuevo, adiós —dijo Morrel—, ve, ve, necesito estar solo; encontrarás mi testamento en el secreter de mi dormitorio.
El joven se quedó de pie, inerte, con fuerza de voluntad, pero incapaz de actuar.
—Escucha, Maximilien —dijo su padre— supón que yo fuera soldado como tú, que hubiera recibido la orden de tomar una fortaleza, y que tú sabes que moriré en ese intento, entonces ¿no me dirÃas lo que me decÃas hace un momento?: «¡Vaya usted, padre, pues se deshonra si no va, más vale la muerte que el deshonor!».
—SÃ, sà —dijo el joven—, sÃ.