El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Y estrechando convulsivamente a su padre entre sus brazos:
—¡Vaya, padre, vaya! —dijo.
Y salió corriendo del gabinete.
Cuando su hijo salió, Morrel se quedó un momento de pie con los ojos fijos en la puerta; después, alargó la mano, asió el cordón de la campana, y llamó…
Al cabo de un momento, Coclès apareció.
Ya no era el mismo; esos tres días de evidencia le habían roto. Ese pensamiento: «la casa Morrel va a suspender pagos», le hacía inclinarse hacia el suelo más de lo que lo habrían hecho veinte años más sobre sus espaldas.
—Mi buen Coclès —dijo Morrel, con un tono cuya expresión sería imposible de describir—, te vas a quedar en la antecámara. Cuando ese señor, el que vino hace tres meses, ya sabes, el mandatario de Thomson y French, llegue, vendrás a anunciármelo.
Coclès no respondió; asintió con la cabeza, fue a sentarse en la antecámara y esperó.
Morrel se derrumbó sobre una silla; sus ojos se dirigieron al reloj de pared: le quedaban siete minutos, eso es todo; la aguja se movía con una rapidez increíble; le parecía que la veía avanzar.