El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Lo que ocurrió entonces, en ese momento supremo, en la mente de este hombre que, joven aún, y que como consecuencia de un razonamiento falso o al menos insidioso, iba a separarse de todo lo que amaba en el mundo quitándose la vida, y que tenía con él todas las dulzuras de la familia, es imposible expresar. Habría que haber visto, para hacerse una idea, su frente cubierta de sudor y sin embargo resignada, sus ojos empapados de lágrimas, y sin embargo elevados al cielo.

La aguja seguía avanzando, las pistolas seguían cargadas; alargó la mano, cogió una, y murmuró el nombre de su hija.

Después, dejó el arma mortal, cogió una pluma y escribió algunas palabras.

Le parecía entonces que no se había despedido lo suficiente de su hija querida.

Luego, se volvió hacia el reloj; ya no contaba los minutos, sino los segundos.

Volvió a coger el arma con la boca entreabierta y los ojos fijos en la aguja; después, él mismo se sobresaltó con el ruido que hizo al amartillar el arma.

En ese momento, un sudor más helado le pasó por la frente, una angustia más mortal le encogió el corazón.

Oyó la puerta de la escalera crujir en sus goznes.

Después, se abrió la del despacho.


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