El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El reloj iba a dar las once.

Morrel ni siquiera se volvió, esperaba las palabras de Coclès: «El mandatario de la casa Thomson y French».

Y se acercaba el arma a la boca…

De repente, oyó un grito: era la voz de su hija.

Se dio la vuelta y vio a Julie; la pistola se le escapó de las manos.

—¡Padre!, ¡padre! —exclamó la joven sin aliento y casi muriendo de alegría—. ¡Salvado! ¡Está usted salvado!

Y se echó en sus brazos levantando la mano para mostrarle una bolsa de red de seda roja.

—¡Salvado! ¡Hija mía! —dijo Morrel—. ¿Qué quieres decir?

—Sí, ¡salvado! ¡Mire!, ¡mire! —dijo la joven.

Morrel cogió la bolsa y se estremeció, pues un vago recuerdo le trajo a la memoria que ese objeto le había pertenecido.

Por un lado estaba la letra de cambio de doscientos ochenta y siete mil quinientos francos.

La letra estaba pagada.

Por otro, había un diamante del grosor de una avellana, con estas tres palabras escritas y un pequeño trozo de pergamino: Dote de Julie.


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