El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Morrel se pasó la mano por la frente. Creía estar soñando.

En ese momento el reloj daba las once.

Las campanadas sonaban para él como si cada golpe del martillo de acero del reloj vibrara en su propio corazón.

—Veamos, hija mía —dijo—, explícate, ¿dónde has encontrado esa bolsa?

—En una casa de las Allées de Meilhan, en el número 15, en un rincón sobre la chimenea de una pobre vivienda en el quinto piso.

—¡Pero esa bolsa no es tuya! —exclamó Morrel.

Julie mostró a su padre la carta que había recibido por la mañana.

—¿Y has ido sola a esa casa? —dijo Morrel después de leerla.

—Emmanuel me acompañaba, padre. Me esperaba en la esquina de la calle del Musée; pero, cosa extraña, cuando volví, ya no estaba.

—¡Señor Morrel! —gritó una voz en la escalera—. ¡Señor Morrel!

—¡Es él! —dijo Julie.

Al mismo tiempo, Emmanuel entró, con el rostro transfigurado de alegría y de emoción.

—¡El Pharaon! —gritó—. ¡El Pharaon!


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