El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Y fue una voluptuosidad sin tregua, un amor sin descanso, como el que prometía el Profeta a sus elegidos. Todas esas bocas de piedra se hicieron vivas, todos esos pechos se hicieron cálidos, hasta el punto de que para Franz, que sufría por primera vez el imperio del hachís, este amor era casi un dolor, esta voluptuosidad era casi una tortura, cuando sentía que su boca alterada pasaba sobre los labios de las estatuas, ligeros y fríos como los anillos de una culebra; pero cuanto más intentaban sus brazos rechazar ese amor desconocido, más sus sentidos experimentaban el encanto de ese sueño misterioso, tanto que después de una lucha por la que hubiera dado su alma, se abandonó sin reservas y acabó por caer jadeante, ardiente de fatiga, agotado de voluptuosidad, bajo los besos de sus amantes de mármol y bajo el encantamiento de ese sueño inaudito.