El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Danglars aprovechó ese momento de buena voluntad de Caderousse para llevarle hacia Marsella; solamente que, para abrir un camino más corto y más fácil a Fernand, en lugar de volver por el muelle de la Rive Neuve, volvió por la puerta Saint-Victor. Caderousse le seguía, titubeante, agarrado a su brazo.

Cuando hubo hecho una veintena de pasos, Danglars se volvió y vio a Fernand precipitarse sobre el papel y guardárselo en el bolso; después, enseguida, saliendo fuera del cenador, el joven se volvió hacia el Pillon.

—Y bien, ¿pero qué hace? —dijo Caderousse—. Nos ha mentido: dijo que iba a Les Catalans, ¡y se va a la ciudad! ¡Hola, Fernand! ¡Te equivocas de camino, muchacho!

—Eres tú quien no ve claro —dijo Danglars—, Fernand sigue recto el camino de las Vieilles-Infirmières.

—¿De verdad? —dijo Caderousse—. Y bien, juraría que torcía a la derecha; decididamente el vino es muy traicionero.

—Vamos, vamos —murmuró Danglars—, creo que ahora la cosa está bien encaminada y que no hay más que dejarla ir por sí sola.


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