El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo En cuanto le vieron se pusieron en pie y el patrón vino a su encuentro.
—El señor Simbad —le dijo—, nos ha encargado toda clase de cumplidos para Su Excelencia, y nos ha dicho que le expresemos su pesar por no haber podido despedirse de ella; pero espera que Su Excelencia le disculpe cuando sepa que un asunto muy urgente le reclamaba en Málaga.
—¡Ah, vaya! Mi querido Gaetano —dijo Franz—, ¿asà que todo eso es realmente cierto: existe un hombre que me recibió en la isla, que me otorgó su regia hospitalidad y que partió mientras yo dormÃa?
—Claro que existe, ahà va su querido yate alejándose con todas las velas al viento y si usted quiere mirar por el catalejo, con toda probabilidad, reconocerá a su anfitrión en medio de su tripulación.
Y diciendo esto, Gaetano señalaba con la mano en dirección a una pequeña embarcación que se deslizaba hacia la punta meridional de Córcega.
Franz cogió el catalejo y dirigió su punto de mira hacia el lugar indicado.
Gaetano no se equivocaba. En la popa del yate estaba de pie el misterioso extranjero, mirando hacia la isla y teniendo como él un catalejo en la mano; llevaba el mismo atuendo con el que apareció la vÃspera ante su invitado, y agitaba un pañuelo en señal de despedida.