El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Franz le devolvió el saludo sacando a su vez su pañuelo y agitándolo como él lo hacía con el suyo.

Al cabo de un segundo, una ligera nube de humo se dibujó a la popa del navío, se desprendió graciosamente de él y subió lentamente hacia el cielo; al instante, una débil detonación llegó hasta Franz.

—Mire, ¿lo oye? —dijo Gaetano—. Parece que le dice adiós.

El joven cogió la carabina y disparó al aire, pero sin esperar que el ruido pudiera franquear la distancia que separaba el yate de la costa.

—¿Qué ordena Su Excelencia? —dijo Gaetano.

—En primer lugar, que encienda una antorcha.

—¡Ah! Sí, ya comprendo —repuso el patrón—, para buscar la entrada a los aposentos encantados. Con mucho gusto, Excelencia, si eso le divierte, y le daré la antorcha que me pide. Yo también, yo también estuve obsesionado con esa idea, y en tres o cuatro veces se me ocurrió lo mismo, pero acabé por renunciar a ello. Giovanni —añadió—, enciende una tea y tráesela a Su Excelencia.

Giovanni obedeció, Franz cogió la antorcha y entró en el subterráneo seguido de Gaetano.


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