El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Reconoció el lugar donde se había despertado, por el lecho de brezo, aún con las huellas de su cuerpo; pero por más que recorriera con la antorcha toda la superficie exterior de la gruta, no vio nada, salvo manchas de humo de quienes antes que él habían intentado inútilmente lo mismo.
Sin embargo, no dejó un pie del muro sin examinar; no vio una sola resquebrajadura sin introducir por ella la hoja de su cuchillo de caza; ni un solo punto saliente sobre el que no hiciera palanca con la esperanza de que cedería; pero todo resultó inútil, y perdió, sin ningún resultado, dos horas en esa búsqueda.
Al cabo de ese tiempo, renunció; Gaetano estaba triunfante.
Cuando Franz volvió a la playa, el yate ya no aparecía sino como un pequeño punto en el horizonte; recurrió a su catalejo, pero incluso con el instrumento era imposible distinguir nada.
Gaetano le recordó que había venido a la isla a cazar cabras, lo que Franz había olvidado completamente. Cogió el fusil y se puso a recorrer la isla como alguien que cumple con un deber, más que por placer, y al cabo de un cuarto de hora había matado una cabra y dos cabritos. Pero esas cabras, aunque salvajes y asustadizas como gamuzas, tenían un gran parecido con nuestras cabras domésticas, y Franz no las veía como auténticas piezas de caza.