El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Además, otras ideas no menos poderosas le inquietaban. Desde la vÃspera era realmente el héroe de un cuento de Las mil y una noches e, invenciblemente, eso le conducÃa de nuevo a la gruta.
Entonces, a pesar de la inutilidad de sus primeras pesquisas, comenzó de nuevo por segunda vez, después de ordenar a Gaetano que asara uno de los cabritos. Esta segunda visita duró bastante tiempo, pues, cuando regresó, el cabrito estaba asado y la comida preparada.
Franz se sentó en el mismo lugar en el que la vÃspera vinieron a invitarle de parte del anfitrión misterioso, y vio aún, como una gaviota mecida en la cima de una ola, el pequeño yate que continuaba avanzando hacia Córcega.
—Pero —dijo a Gaetano—, usted me dijo que el señor Simbad se dirigÃa a Málaga, pero a mà me parece que se dirige directamente a Porto-Vecchio.
—¿No recuerda usted —repuso el patrón— que le dije que entre la gente de su tripulación habÃa, por el momento, dos bandidos corsos?
—Es cierto, ¿y los va a dejar en la costa? —dijo Franz.
—Justamente. ¡Ah! Es un individuo —exclamó Gaetano— que no teme ni a Dios ni al diablo, por lo que dicen, pero que es capaz de desviarse cincuenta leguas de su ruta para hacer un favor a un pobre hombre.