El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Pero esa clase de favores podría muy bien indisponerle con las autoridades del país en el que ejerce esa clase de filantropía —dijo Franz.

—¡Ah! Bien —dijo Gaetano riendo—, ¡y qué le importan a él las autoridades! ¡Pues no se burla bien de ellas! No tienen más que intentar perseguirle. En primer lugar su yate no es un navío, es un pájaro, en doce nudos, él ganaría tres más a una fragata; además, no tiene más que caer él mismo por la costa, ¿es que no encontraría amigos por todas partes?

Lo que quedaba más claro en todo esto es que el señor Simbad, anfitrión de Franz, tenía el honor de relacionarse con contrabandistas y bandidos de toda la costa mediterránea; lo que no dejaba de situarle en una posición bastante extraña.

En cuanto a Franz, nada le retenía ya en Montecristo, había perdido toda esperanza de encontrar el secreto de la gruta, se apresuró, pues, a almorzar ordenando a sus hombres que tuvieran la barca preparada para cuando terminase de comer.

Una media hora después, estaba a bordo.

Echó un último vistazo al yate; estaba ya a punto de desaparecer en el golfo de Porto-Vecchio.

Dio la señal de zarpar.

En el momento en el que la barca se ponía en movimiento, el yate desaparecía.


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