El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Con él se borraba la última realidad de la noche precedente: cena, Simbad, hachís y estatuas, todo comenzaba para Franz a fundirse en el mismo sueño.
La barca navegó todo el día y toda la noche; y al día siguiente, a la salida del sol, era la isla de Montecristo la que a su vez había desaparecido.
Una vez que Franz tocó tierra, olvidó, al menos momentáneamente, los sucesos que acababan de pasar, para terminar sus asuntos de ocio y de cortesía en Florencia, y no ocuparse sino de encontrarse con su amigo que le esperaba en Roma.
Partió, pues, y el sábado al anochecer llegó a la plaza de la Aduana en la diligencia del correo.
El apartamento, como hemos dicho, estaba reservado por adelantado, así que no tenía más que ir al hotel de maese Pastrini, lo que no era cosa fácil, pues el gentío atestaba las calles, y Roma era ya presa de ese murmullo sordo y febril que precede a los grandes acontecimientos. Y ya se sabe que en Roma hay cuatro grandes eventos al año: el carnaval, la Semana Santa, el Corpus y San Pedro.