El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El resto del año la ciudad cae en esa triste apatía, estado intermedio entre la vida y la muerte, que la transforma en una especie de estación entre este mundo y el otro; estación sublime, parada llena de poesía y de carácter que Franz había hecho ya cinco o seis veces, y en las que, cada vez, le había parecido más maravillosa y más fantástica aún.

Finalmente atravesó todo ese gentío creciente y más bullicioso por momentos, y llegó al hotel. A su primera demanda le respondieron, con esa impertinencia propia de los cocheros de alquiler con demasiados clientes, y de los posaderos con el hotel al completo, que no quedaba sitio para él en el Hotel Londres. Entonces envió su tarjeta a maese Pastrini, y mencionó a Albert de Morcerf. El método tuvo éxito, y maese Pastrini acudió en persona excusándose por haber hecho esperar a Su Excelencia, abroncando a sus sirvientes, tomando la palmatoria del cicerone que se había amparado ya del viajero y que se preparaba para conducirlo hasta Albert, cuando este vino a su encuentro.






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