El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El apartamento reservado constaba de dos pequeñas habitaciones y un gabinete. Las habitaciones daban a la calle, circunstancia que maese Pastrini hizo valer como añadiendo en ello un mérito apreciable. El resto de la planta estaba alquilada a un personaje muy rico, al que se tenía por siciliano o maltés, pues el hotelero no supo decir exactamente a cuál de las dos naciones pertenecía ese viajero.

—Está muy bien, maese Pastrini —dijo Franz—, pero necesitaremos de inmediato una cena cualquiera para esta noche, y una calesa para mañana y para el resto de los días.

—En cuanto a la cena —respondió el hotelero—, se les servirá enseguida, pero en cuanto a la calesa…

—¡Cómo que en cuanto a la calesa! —exclamó Albert—. ¡Un momento!, ¡un momento! ¡No quiero bromas, maese Pastrini! Necesitamos una calesa.

—Señor —dijo Pastrini—, haré lo posible para agenciarles una. Eso es todo lo que puedo decirle.

—¿Y cuándo lo sabremos con seguridad? —preguntó Franz.

—Mañana por la mañana —respondió el hotelero.


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