El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Qué diablos! —dijo Albert—. La pagaremos más cara, eso es todo. Ya sabemos de qué se trata: en Drake o en Aaron, veinticinco francos los días de la semana, y treinta o treinta y cinco francos los domingos y fiestas; pongamos cinco francos al día de comisión, eso será cuarenta francos y no hablemos más.

—Mucho me temo, señores, que incluso ofreciendo el doble, no van a conseguir una calesa.

—Entonces que enganchen los caballos a la mía; está un poco desportillada por el viaje, pero no importa.

—Tampoco encontraremos caballos.

Albert miró a Franz como alguien que recibe una respuesta que le parece incomprensible.

—¿Comprende usted esto, Franz? No hay caballos —dijo—. ¿Y caballos de posta? ¿No podríamos conseguir caballos de posta?

—Están alquilados desde hace quince días, y no quedan sino los estrictamente necesarios para el servicio.

—¿Qué dice a esto? —preguntó Franz.

—Digo que cuando algo sobrepasa a mi inteligencia, tengo la costumbre de no apesadumbrarme por ello, y pasar a otra cosa. ¿La cena está preparada, maese Pastrini?

—Sí, Excelencia.

—Bien, pues antes que nada, cenemos.


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