El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Una cosa, además, le había recordado a su amigo Simbad el marino: eran esas misteriosas relaciones entre los forajidos y los marineros. Lo que había dicho maese Pastrini del refugio que encontraba Vampa en las barcas de pescadores y de contrabandistas, recordaba a Franz a esos dos bandidos corsos que había visto cenando con la tripulación del pequeño yate, que se apartó de su derrota y abordó en Porto-Vecchio con el único fin de llevarles a tierra. El nombre que se daba su anfitrión de Montecristo, pronunciado por su anfitrión del hotel de la Piazza di Spagna, le probaba que seguía desempeñando el mismo papel filantrópico en las costas de Piombino, de Civita-Vecchia, de Ostia y de Gaeta, que en las de Córcega, de Toscana y de España; y como el mismo Simbad, tanto como podía recordar Franz, había hablado de Túnez y de Palermo, eso probaba que abarcaba un círculo bastante extenso.
Pero por muy poderosas que fueran en el espíritu del joven todas estas reflexiones, se desvanecieron al instante al ver elevarse, delante de él, el espectro sombrío y gigantesco del Coliseo, a través de cuyas aberturas la luna proyectaba sus largos y pálidos rayos que caen de los ojos de los fantasmas. El coche se detuvo unos pasos antes de la fontana Meta Sudans. El cochero vino a abrir la portezuela; los dos jóvenes se apearon del coche y se encontraron frente a un cicerone que parecía haber salido de debajo de la tierra.