El Conde de Montecristo

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Capítulo XXXVI

El carnaval de Roma

Cuando Franz volvió en sí, encontró a Albert bebiendo un vaso de agua, su palidez indicaba que lo necesitaba mucho, y vio al conde, que se ponía ya su traje de payaso. Echó una ojeada maquinal a la plaza: todo había desaparecido, patíbulo, verdugos, víctimas; no quedaba más que el pueblo, ruidoso, atareado, alegre. La campana del monte Citorio, que sólo tocaba por la muerte del papa y el inicio de la mascherata, ahora repicaba al vuelo.

—Y bien —preguntó al conde—, ¿qué ha pasado?

—Nada, absolutamente nada —dijo—, como usted ve; solamente que el carnaval ha comenzado, vistámonos deprisa.

—En efecto —respondió Franz al conde—, de esa horrible escena, sólo queda la huella de un sueño.

—Es que no es otra cosa, sino un sueño, una pesadilla que ha tenido usted.

—Sí, yo; ¿pero, el condenado?

—Un sueño, también; solamente que él se ha quedado dormido, mientras que usted ha despertado: ¿y quién puede decir quién de los dos es el privilegiado?

—Pero Peppino —preguntó Franz—, ¿qué ha sido de él?


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