El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo En efecto, hay que imaginarse la gran y hermosa calle del Corso, bordeada de un extremo al otro del palacio, con cuatro o cinco pisos con todos sus ventanas y balcones adornados con colgaduras; en esos balcones y ventanas trescientos mil espectadores, romanos, italianos, extranjeros llegados de las cuatro partes del mundo; todas las aristocracias juntas, la de nacimiento, la del dinero, la del ingenio; mujeres encantadoras, que, sometidas ellas también la influencia del espectáculo, se asoman a las ventanas, se inclinan sobre los balcones, tiran sobre los coches que pasan una granizada de confeti, recibiendo a su vez ramilletes de flores. La atmósfera se espesa con los confeti, las golosinas que bajan y las flores que suben; después, a pie, por las calles, un gentío alegre, incesante, alocado, con trajes imposibles: coles gigantescas que se pasean, cabezas de búfalo que mugen sobre cuerpos de hombre, perros que parecen caminar sobre las patas de atrás; en medio de todo eso, una máscara que se quita, y en esta Tentación de San Antonio soñada por Callot, alguna Astarté que muestra un rostro encantador, a la que todos quieren seguir y de la que les separan dos especies de demonios, como los que ve uno en sueños; si unimos todo eso, tendremos una débil idea de lo que es el carnaval de Roma.