El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Cuanto más avanzaba el día, más aumentaba el tumulto; en cada calle, en cada coche, en cada ventana, no quedaba ni una sola boca cerrada, ni un solo brazo que quedase ocioso; era verdaderamente una tempestad humana compuesta de truenos de gritos, de granizadas de peladillas, ramilletes, huevos de harina, naranjas y flores.

A las tres, las salvas de morterete, disparadas a la vez en la plaza del Popolo y en el palacio de Venecia, atravesando con gran esfuerzo ese horrible tumulto, anunciaban que las carreras iban a comenzar.

Las carreras, como los moccoli, son uno de los episodios particulares de los últimos días de carnaval. Al ruido de las salvas, los coches rompieron de inmediato sus filas y se refugiaron en la calle transversal más próxima al lugar en el que se encontraban.

Todas esas evoluciones se llevaron a cabo, por lo demás, con una inconcebible destreza y una maravillosa rapidez, y ello sin que la policía se preocupara lo más mínimo de asignar a cada uno un puesto o de trazar para cada uno una ruta.

Los peatones se pegaron a los muros del palacio, después se oyó un enorme ruido de caballos y de vainas de sables.


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