El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Una escuadra de carabineros de quince en fondo recorría al galope y en toda su anchura la calle del Corso, que iba barriendo para hacer sitio a los barberi. Cuando la escuadra llegó al palacio de Venecia, el eco de otra batería de salvas anunció que la calle quedaba libre.

Casi enseguida, en medio de un clamor inmenso, universal, inaudito, se vio pasar como sombras a siete u ocho caballos bereber, los llamados barberi, espoleados por el clamor de trescientas mil personas y por las láminas numeradas que, como excrecencias de hierro, les rebotaban sobre el lomo; después, el cañón del castillo Sant’Angelo lanzó tres cañonazos: era para anunciar que el número tres había ganado.

Al pronto, sin otra señal que esa, los coches se pusieron de nuevo en movimiento, refluyendo hacia el Corso, desembocando por todas las calles como torrentes que, retenidos un instante, se lanzaran todos juntos al lecho del río que alimentan con sus aguas, y la oleada inmensa, más rápida que nunca, volvió a retomar su curso entre las dos orillas de granito.

Sólo que un nuevo elemento de ruido y bullicio se había mezclado al gentío: los vendedores de moccoli acababan de entrar en escena.


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