El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Para decirle que queda usted libre, Excelencia.
—Querido —repuso Albert con la mayor libertad del mundo—, retenga en el futuro esta frase del Gran Napoleón: «No me despierte sino para darme malas noticias». Si me hubiera dejado dormir, acabarÃa de bailar mi galopa, y se lo hubiese agradecido toda mi vida… ¿es que han pagado ya el rescate?
—No, Excelencia.
—Y bien, entonces, ¿por qué estoy libre?
—Alguien, a quien no puedo negar nada, ha venido en su auxilio.
—¿Hasta aqu�
—Hasta aquÃ.
—¡Ah! Pardiez, ¡ese alguien es bien amable!
Albert miró alrededor y vio a Franz.
—¡Cómo —le dijo—, es usted, mi querido Franz, quien lleva la amistad a esos extremos!
—No, yo no —respondió Franz—, sino nuestro vecino, el señor conde de Montecristo.
—¡Ah! ¡Pardiez! Señor conde —dijo alegremente Albert ajustándose la corbata y las mangas—, realmente es usted un hombre valioso, y espero que se digne considerarme siempre como su eterno deudor; primero, el asunto de la calesa, ¡y ahora esto! —y tendió la mano al conde, que se estremeció en el momento de darle la suya, pero que, sin embargo, se la dio.