El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El bandido contemplaba la escena, estupefacto; era evidente que estaba acostumbrado a ver a sus prisioneros temblar delante de él, y mira por dónde había uno cuyo humor burlón no había sufrido ninguna alteración; en cuanto a Franz, estaba encantado al ver que Albert había hecho valer, incluso frente a un bandido, el honor nacional.

—Mi querido Albert —le dijo—, si se da usted prisa, tendremos tiempo de ir a terminar la noche donde los Torlonia; retomará usted su galopa interrumpida, de manera que no guardará ningún rencor al señor Luigi, que en todo este asunto se ha portado realmente como un hombre galante.

—¡Ah! Realmente —dijo—, tiene usted razón, podremos estar allí a las dos. Señor Luigi —continuó Albert—, ¿hay que cumplir alguna formalidad más antes de despedirme de Su Excelencia?

—Ninguna, señor —respondió el bandido—, es usted libre como el aire.

—En ese caso, dichosa y feliz vida; ¡vengan, señores, vengan!

Y Albert, seguido de Franz y del conde, bajó las escaleras y atravesó la estancia cuadrada; todos los bandidos estaban en pie y con el sombrero en la mano.

—Peppino —dijo el jefe—, dame la antorcha.

—¿Y bien? ¿Qué es lo que va a hacer? —preguntó el conde.


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