El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Le acompaño —dijo el capitán—, es el mínimo honor que puedo rendir a Su Excelencia.

Y cogiendo la antorcha encendida de manos del pastor, marchó delante de sus huéspedes, no como un sirviente que cumple con una orden de servidumbre, sino como un rey que precede a sus embajadores.

Una vez en la puerta, se inclinó.

—Y ahora, señor conde —dijo—, le renuevo mis excusas, y espero que no guarde ningún resentimiento por lo que acaba de suceder.

—No, mi querido Vampa —dijo el conde—; además, usted reconduce sus errores de una forma tan galante, que casi uno se ve tentado de agradecerle que los haya cometido.

—¡Señores! —repuso el jefe dirigiéndose a los jóvenes—. Quizá la oferta no les parezca demasiado atrayente, pero si alguna vez desean hacerme una segunda visita, donde quiera que yo esté, serán ustedes bienvenidos.

Franz y Albert saludaron. El conde salió el primero, Albert después, y Franz se quedó el último.

—¿Su Excelencia desea preguntarme algo? —dijo Vampa sonriendo.

—Sí, lo confieso —respondió Franz—; me gustaría saber qué obra estaba usted leyendo con tanta atención, cuando llegamos.


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