El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Los comentarios de Cesar —dijo el bandido—, es mi libro preferido.

—Y bien, ¿es que no viene? —preguntó Albert.

—Sí, claro —respondió Franz—, ¡ya voy!

Y salió a su vez del tragaluz.

Dieron algunos pasos en el exterior.

—¡Ah! ¡Perdón! —dijo Albert volviéndose atrás—. ¿Permite, capitán?

Y encendió el cigarro en la antorcha de Vampa.

—Ahora, señor conde —dijo—, ¡la mayor diligencia posible! Tengo un enorme interés en terminar la noche en casa del duque de Bracciano.

El coche les esperaba donde les había dejado; el conde dijo una sola palabra en árabe a Alí, y los caballos partieron al galope.

Eran justo las dos de la mañana en el reloj de Albert cuando los dos amigos entraron en la sala de baile.

Su regreso fue un acontecimiento; pero, como entraron juntos, todas las inquietudes que hubieron podido concebirse respecto a Albert cesaron al instante mismo.

—Señora —dijo el vizconde de Morcerf dirigiéndose hacia la condesa—, ayer tuvo la bondad de prometerme una galopa, vengo un poco tarde a reclamar su gentil promesa; pero aquí está mi amigo, de quien conocéis su amor a la verdad, que afirmará que no ha sido culpa mía.


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