El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Ah! Vamos, ¿asà que es un Hércules matando a Caco, ese señor, un Perseo liberando a Andrómeda?
—No, es un hombre de mi estatura, más o menos.
—¿Armado hasta los dientes?
—Ni siquiera llevaba una aguja de tricotar.
—¿Pero, resolvió lo del rescate?
—Dijo dos palabras al oÃdo del jefe, y me liberó.
—Incluso le presentaron sus excusas por haberte raptado —dijo Beauchamp.
—Exactamente —dijo Morcerf.
—¡Ah, vaya! ¿Pero es que era Ariosto, ese hombre?
—No, era simplemente el conde de Montecristo.
—Nadie se llama el conde de Montecristo —dijo Debray.
—Yo no lo creo —añadió Château-Renaud, con la sangre frÃa de quien conoce al dedillo el nobiliario europeo—; ¿es que alguien conoce a algún conde de Montecristo?
—Quizá venga de Tierra Santa —dijo Beauchamp—; uno de sus antepasados habrá poseÃdo el Monte Calvario, como los Mortemart el mar Muerto.